Últimamente no he podido dimensionar lo mucho (y poco) que ha cambiado mi vida en los últimos meses.
En muchos sentidos, mi vida ha perdido sabor, en otros, ha ganado.
Alegrías se volvieron amargura, penas se volvieron rabia, otras penas se volvieron hielo.
Siempre me he dado cuenta de que mi vida sigue el año al pie de la letra, como si con cada semestre y con cada fin de vacaciones, comenzara una nueva etapa en la bitácora y con ella se fuera parte de lo que cultivé.
No puedo evitar el miedo al futuro y siento que mi esencia se está perdiendo. Como si cada día que pasara yo fuera menos yo.
Eso siempre fue algo de lo que estaba consciente y nunca me perturbó, lo sentía como algo que me hacía madurar, cambiar de página. Pero actualmente me ha invadido una melancolía que no puedo suprimir.
No voy a decir que todo tiempo fue mejor, porque no lo sé con seguridad. Ni siquiera recuerdo si en algún momento fui más feliz que ahora. (Bueno, que ahora en este preciso momento, sí fui más feliz, pero me refiero a esta etapa en un sentido más amplio).
Sólo voy a mencionar que el precio que he pagado por mi libertad ha salido más caro de lo que pensaba.
Supongo que no estaba preparado para tenerla, pues una vez que estuvo en mis manos, no supe qué hacer con ella.
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